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- 11 enero, 2014 -

La opinión de Rodri: “Good ‘Ol Freda”

GOOD ‘OL FREDA nos cuenta la historia de Freda Kelly, una jovencita de Liverpool que con diecisiete añitos fue contratada por un tal Brian Epstein para hacer de secretaria para un grupo que el joven ejecutivo acababa de fichar. Ese grupo era The Beatles, y su historia ya es por todos conocida. Este documental bucea en la figura de la muchacha cuyo primer trabajo consistió en acompañar a la banda, observar su imparable ascensión, y asistir a la desbandada final que terminó con su disolución.

Ignoro cuales serán las vicisitudes y aventuras diarias de los becarios no remunerados que se encarguen hoy en día de cambiarle la arena a Justin Bieber, echarles el pienso a  One Direction, o administrarle la inyección de adrenalina del desayuno a Andrés Calamaro. Pero el interés de la figura de Freda Kelly va más allá de los chismorreos que pudiera revelar, y sobre los que siempre ha mantenido un celoso silencio. Freda asistió en primera fila, y fue actora de un momento en que la música, y cuanto la rodeaban cambiaron para siempre, y eso es lo que nos revelará en este documental. La aparición del fenómeno fan y sus primeros clubs; las legendarias broncas de Brian Epstein; Apple; el Magical Mystery Tour… Conoceremos la relación que Freda mantuvo con los cuatro músicos, y sobre todo, con sus familias, entre quienes ejercía de nexo de unión.

GOOD ‘OL FREDA no es un documental de vocación revolucionaria, que aspire a marcar un antes y un después en la historia del género, o a dar lugar a interminables conversaciones en las que se diga muchas veces “artefacto fílmico”, “forma”, “mutaciones narrativo-estéticas”, o “materialismo dialéctico”. El tono formal lo da la propia protagonista que nos habla de sus cosas, y de la gente de la que se hizo amiga en su primer trabajo. Casi nada, atendiendo a cual fue ese primer trabajo. Entrevistas en diferentes localizaciones, y un ingente archivo fotográfico son todo lo necesario para apoyar una narración amena, agradable, y fluida.

(Por último tan solo desearía añadir que a lo largo de este texto no he utilizado en ninguna ocasión la palabra “intrahistoria”. ¡Estas son las chorradas que hacen que me sienta orgulloso de mí mismo!).