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- 8 enero, 2014 -

“Invisible” por Fernando Iradier

Antoine de Saint-Exupéry decía que lo esencial es invisible a los ojos. Algo parecido le ocurre a esta película, si es que podemos llegar a calificarla como tal. Invisible es una película de vampiros. Invisible es la banda sonora de una película de vampiros. Invisible es un documental sobre la grabación de un disco. Es una pieza de videoarte digna de ser expuesta en un museo. Es una historia de amor, nieve, trenes en la noche, sangre, dolor y pérdida. Invisible puede ser todo eso y mucho más pero, desde luego, no es un trabajo que merezca encasillarse dentro de un soporte concreto, mucho menos someterse a una crítica cinematográfica convencional. Podríamos hablar de muchas películas que se fagocitan mutuamente cuando lo más probable es que cada uno vea una cosa distinta detrás de su oscuridad de preguntas y respuestas en paralelo y el recuerdo del romance (¿autobiográfico?) que unió al cineasta Victor Iriarte con la compositora Maite Arroitajauregi, más conocida como Mursego.

Invisible es un ejercicio de cine hecho desde las tripas, un trabajo en la cuerda floja de los géneros que desafía cualquier idea preconcebida. Su director pertenece sin duda a esa nueva y prometedora generación de realizadores que integra gente como Isaki Lacuesta, Jonás Trueba o Elías León Siminiani. Este documental-poema-canción debe encararse con los ojos bien abiertos para reparar en las estacas que prepara el afilador, los aromas de todas esas otras películas que se cuelan en nuestra imaginación sin recurrir a las imágenes o los quejidos de una mujer vampiro herida, desgarrando el silencio frente a un micrófono. Sin duda, Iriarte ha conseguido narrar una historia completamente distinta para cada espectador, un cuadro que existe a medida que se va  construyendo. Todo se reduce a un fotograma rojo perforando el negro más absoluto. Cae la nieve entre los arboles desnudos y un cuerpo resucita, marcha atrás, hacia un origen desconocido. El amor no es eterno. Al final, todos morimos.